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La flor más grande del mundo

imagenRecorte.jpgEs verdad que soy auténtica seguidora de Saramago, y por eso, cuando sale algo relacionado con él, no puedo evitar calzarme mis botas de cultureta y empaparme de su estilo. Basado en el cuento del mismo nombre que escribió el autor hace siete u ocho años, el corto de animación realizado por Juan Pablo Etcheberry, narrado por el propio Saramago y con música de Emilio Aragón bebe de la sencillez y la humildad que caracteriza el genio del autor.

La historia es simple, como todas las historias que cuenta el portugués, pero lleva detrás una mochila de símbolos y alegorías, dirigidas a los niños, que comparte con el resto de su bibliografía. La belleza comienza desde la primera escena, y el niño héroe desprende una ternura propia de quien ha sido creado por alguien tan especial como el premio Nobel.

Saramago trata a los niños como si fueran adultos, pero “sabiendo elegir las palabras” para que ellos le entiendan. Ñoñería, cursilería o tramas enrevesadas, tan presentes en las historias para niños, brillan por su ausencia. La mano decidida de Etcheberry nos transporta con mucha delicadeza y calma la historia, Saramago se disculpa por su falta de paciencia a la hora de contar historias para niños (cosa que no sorprende, porque su humildad roza la modestia) y todos viajamos hacia un cuento con ingredientes básicos (niño que sale de su entorno familiar y emprende un viaje, en el que será el salvador de una rara flor a punto de morir).

La moraleja del premio Nobel, como siempre comprometido hasta las trancas con el mundo en el que vive, no deja indiferente a nadie: “¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?”

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