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La cuarta académica

rae.jpgCuandó estudié Filología Hispánica en la Autónoma de Madrid, tuve una profesora de Historia del Español que pasó por los alumnos de mi generación sin pena ni gloria. La asignatura que impartía era de las hueso, pero ella era regular en materia docente y sus exámenes complicadísimos. Hoy esa profesora ocupa la silla “p” de la Academia de la Lengua.

A pesar de todo me siento muy orgullosa a la par que sorprendida, ya que es la primera filóloga que se sienta en un sillón de la RAE. Es la cuarta mujer que pertence a esta apolillada institución (la segunda en la Academia de la Lengua) fundada en 1713, y eso tiene que sorprendernos sobremanera, ya que las decisiones que toma la RAE en materia lingüística han estado apoyadas por un ínfimo número de mujeres en la historia de su existencia. Actualmente, de los cuarenta y cinco miembros, hay solo dos mujeres (la escritora Ana María Matute y la recién electa Inés Fernández-Ordóñez que no ha tomado posesión de su asiento todavía).

Podría pasarme toda la entrada criticando a la RAE con sus decisiones corporativas, lingüísticas, ortográficas y gramaticales, ya que últimamente se ha metido en un jardín que para muchos no le correspondía, al normalizar cuestiones gramaticales que hasta ahora se decidían con libertad por los editores, correctores y todo aquél que se dedicaba a la difusión de la lengua, pero no voy a hacerlo. El motivo es que a pesar de todo, el DRAE va avanzando con lentiutud pero para adelante. Al final resuelve dudas y complica existencias como todas las herramientas de trabajo.

Esperemos que con la juventud de esta nueva miembra (desde aquí abogo para que mis amigos de la Academia acepten el femenino de esta palabra) vayan cambiando poco a poco las cosas en esta rancia insitución.

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